miércoles, 7 de julio de 2010

Mi gran amigo mío.

Mucho se habla sobre los amigos, sobre quiénes son los verdaderos amigos, quiénes son los amigos de ocasión, quiénes los amigos que están sólo en las buenas, y quiénes los amigos que están en las malas. Está públicamente aceptado que los verdaderos amigos, o aquellos que más merecido tienen esa designación son aquellos que están en las buenas, y sobre todo en las malas. Bienvenida sea la ocasión para recordar alguna de las tantas frases sobre el tema: “Un amigo verdadero es alguien que cree en ti aunque tú hayas dejado de creer en ti mismo”.


Bien eso está claro, ahora a lo que quiero llegar es que nosotros tenemos que ser amigos nuestros, y debemos querernos a nosotros mismos. Y el tema es ¿qué amigo nuestro somos con nosotros mismos? ¿Somos el vil amigo que está para las alegrías, los cumpleaños y los asados? ¿O somos el amigo que nos acepta como somos, con nuestras virtudes y nuestros defectos?


Creo yo que debemos ser ese buen amigo y estar en todas. Debemos querernos en las victorias y en las derrotas. Obvio que es más fácil querernos cuando nos apoderamos de los triunfos, por decirlo de alguna forma, cualquiera se quiere cuando sale del Aula Magna de la facultad de medicina con el título de cirujano bajo el brazo, o cuando acaba de meter el gol que definió el partido en una victoria. Pero el tema está en querernos cuando un dos en tinta roja y desprolijo ensucia la parte superior de nuestro final, o cuando aquella pelota se estampó en el travesaño.

sábado, 6 de febrero de 2010

Algo sabía quién inventó el ajedrez.


El ajedrez es sin duda uno de los mejores juegos que jugué en mi vida. La mezcla perfecta entre estrategia e intuición lo hicieron mi juego favorito.

Sin embargo, había en ese juego que tanto me gustaba algo que no terminaba de entender. ¿Cómo podía ser que el Rey, que es la pieza clave del juego, sólo se pueda mover de a un casillero, y la dama pueda moverse desde su posición tanto vertical, horizontal y diagonalmente todos las casilleros que desee?

Entre alfiles y caballos pasó mi niñez y entre esos mismos compañeros transito mi adolescencia. No obstante, esa duda seguí en mí, y a medida que se acrecentaba mi número de partidas le encontraba menos explicaciones. Fue la vida quién se ocupo de que yo le encontrara una explicación, y lo hizo ni más ni menos que haciendo entrar a mi vida a una dama, a una verdadera dama.

Ahora cuando la vida me pone en jaque, y mis limitados movimientos no me permiten escaparme de semejante situación, es ella quién demuestra todo su poderío, y se desliza por los senderos de la vida con la misma facilidad que por un tablero de ajedrez, y me protege del tan temido jaque mate.

jueves, 14 de enero de 2010

Refutación del Paraíso Celestial

¿De dónde habrá salido eso irse al cielo? ¿En qué consiste claramente? ¿Con qué fin alguien le hizo creer al pueblo semejante barbaridad? Esas y otras preguntas me ocuparon mi cabeza últimamente. Y alguna respuesta tenían que tener, o al menos para mí.

El cielo fue el mejor invento de la antigüedad, o al menos el mejor invento para unos pocos. Con el cielo consiguieron tener al pueblo dominado, oprimido, explotado. La promesa del cielo hacía al pueblo capaz de soportar cualquier ignominia. Lo que consiguieron los poderosos de aquella época (la iglesia, sin lugar a dudas jugando un papel muy importante) era tener un pueblo dominado, dormido, que sólo esperaba el paraíso celestial que le habían prometido. Su lucha se concentraba solamente en aguantar el tiempo necesario para conseguir su lugar en el Edén. En la tierra nada importaba; la injusticia y los demás males serían recompensados en el cielo.

De eso se dio cuenta Karl Marx, que sí sabía cómo eran las cosas, sabía que en la tierra tenía que haber una sociedad justa, porque no había ningún cielo, ni ninguna recompensa en el más allá. Fue por esa época cuando escribió su célebre frase “La religión es el opio de los pueblos”. Lo que se necesitaba en aquellas épocas era un pueblo despierto, que sabía que lo querían engañar sólo para poder explotarlo sin temor a ninguna subversión. Ese era el pueblo que necesitaba Marx para poder llevar adelante una Revolución. Un pueblo capaz de luchar por lo que le correspondía: la igualdad.

martes, 5 de enero de 2010

Un toque de humor...

viernes, 18 de diciembre de 2009

¿Cómo humedecer el atún?

Para humedecer el atún sólo hace falta situarse frente a él, mirarlo fijamente y abrir la mente; pensar que usted en este momento quiere mojar el atún que otros no pueden comer. No sólo eso, más gente de la que usted piensa no sabe si hoy va a poder comer, esas personas no saben qué gusto tiene el atún, ni si es demasiado seco; pero si alguien les pregunta seguro dicen que sí les gusta, les gusta porque ya no tienen casi sentido del gusto, hambre es lo único que sienten. Ya puede ver como las lágrimas que caen de sus ojos cristalinos penetran el atún; quizás ahora esté más rico, pero usted también está más triste. Triste... y eso que su atún cada vez está más rico, y en ese proceso de mojar el atún sin que usted lo note siquiera ya murieron 13 niños de hambre en el mundo. Usted está triste y tiene razón. ¿Quién es capaz de no estar triste? Acaso alguien es capaz de no llorar, si hasta incluso es recomendable, uno se entristece, llora, pero también se le moja el atún; al fin y al cabo, más vale ser un sabio triste que un estúpido feliz.

viernes, 27 de noviembre de 2009

4126

Recorriendo mi blog, me situé en el contador de visitas y vi que había engordado bastante. 4126 personas pasaron por este blog, para mis espectativas primeras un número exagerado. Obviamente se que el 95% de la gente que entra mira las imágenes y se va a otra página, pero siempre será así.
Recuerdo el momento en que lo creé, y me acuerdo que me dije: "si una sola persona lee una línea aunque sea, y le presta un poquito de atención, todo este esfuerzo tuvo sentido"
Por suerte tengo la certeza de que más de una persona leyó una nota completa de este blog, cosa que me pone muy contento.

martes, 10 de noviembre de 2009

Exilios

Es inevitable cada tanto extrañar la tierra de uno. Y por más bien que podamos estar en un lugar, lo otro siempre tira.

Exilios
Larbanois Carrero

Vino del norte en el principio de un otoño
Ebuscando un sitio en la universidad.
Era un adolescente,
de un niño un poco más.

Se fue a vivir a un pensionado de estudiantes,
pasando a integrarla gran legión de canarios en la capital.
Todo le daba miedo, pesaba la ciudad.
Más de una vez se preparó para el regreso,
pues ya no daba más de soledad:
necesitaba el fuego, el beso de su hogar.
Se fue volviendo ducho en los yeitos de allá.
Envejecieron sus zapatos transitando
calles gastadas de esperanzas en su andar
y se metió en su cuerpo el olor a sal.

Fin de semana esperanzado en la encomienda
que alivie un poco la distancia y la ansiedad,
en la oportuna carta que le llega
a darle fuerzas para continuar.
Se despidió de sus cuadernos de estudiante,
sin encontrar qué hacer en la ciudad.
La desazón y el desencanto
lo empujaban a un exilio más.

Pero él resiste todavía transitando
sueños gastados de tropiezos en su andar,
porque a pesar de todos los pesares
quiere seguir creciendo en su lugar.

jueves, 5 de noviembre de 2009

¿Será así?


"Un libro está arriba de una mesa, usted piensa que la mesa sostiene al libro para que no se caiga, pero en realidad, es la mesa que se cuelga del libro para no caerse."

martes, 29 de septiembre de 2009

¿En qué puedo ayudarlo?

- Movistar buenas noches, mi nombre es Gabriela. ¿En qué puedo ayudarlo?
- Buenas noches Gabriela. Mire, debo confesarle que tengo dos problemas. Uno fácil y otro difícil.
- Bien, dígame. ¿Qué problemas?
- ¿El fácil o el difícil?
- Cualquiera de los dos. Trataré de solucionarlos ambos.
- Bien, yo también espero lo mismo. Empecemos por el fácil, a lo mejor nos lleve de alguna forma al difícil: mi celular no recibe mensajes de texto.
- Déme un minuto que chequeo sus datos. ¿El celular que tiene problemas es el mismo del que me está llamando?
- Así es.
- ¿Roberto Acevedo es su nombre señor?
- Sí.
- Bien. Espere que me dijo que problema tiene su celular.
- Muy bien, disculpe el atrevimiento Gabriela, no me quiero intrometer demasiado en su vida, si apenas escuché su voz, pero siento en usted un acento cordobés. ¿Vive usted en Córdoba?
- Sí, las oficinas de la compañía se encuentran en Córdoba. El sistema me dice que no tiene ningún problema con la línea. ¿Hace cuánto no recibe mensajes su celular?
- Que linda ciudad, dicen que las mujeres de allí son las más lindas del país.
- ¿Hace cuánto no recibe mensajes su celular?
- Ah, disculpe, había olvidado su pregunta. Me compré el celular la semana pasada y no he recibido ninguno todavía. Tampoco llamadas, algo anda muy mal.
- Entiendo. Disculpe la obviedad de mi pregunta, pero ¿alguien le ha mandado mensajes o ha intentado llamarlo?
- Ese es el problema difícil Gabriela.
- ¿Disculpe?
- Claro, ese es el problema difícil. Me he comprado el celular, para que no me molesten mis amigos en los momentos que no quiero saber de ellos. Por decirlo de otra forma, he comprado este celular para hablar con mujeres únicamente.
- Señor, voy a pedirle que sea expeditivo en esto y que me explique de una vez por todas que problema tiene con su celular así veo si puedo o no ayudarlo.
- Mi celular anda bien, ¡perfecto! El que no anda bien es su dueño. Ninguna mujer me ha mandado un mensaje últimamente. Tampoco he podido darles mi número, es que ni siquiera hablo con ellas.
- ¿Y en qué puedo ayudarlo yo señor?
- Vea, es usted una señorita veinteañera, con un acento cordobés encantador, esa hermosa voz no puede estar contenida en un envase que no sea digno de ella. ¿Qué pensaría usted si yo le dijera que yo podría ser el hombre que usted siempre estuvo esperando?
- Pensaría que usted tiene graves problemas.
- ¿Espera usted que el hombre de sus sueños venga con un cartel indicador pegado en la frente? Permítame que le diga, señorita, que el mundo está como está por la falta de amor. El amor hace a las personas felices y en este mundo casi nadie está feliz. La gente espera el amor de sus vidas pero es incapaz de salir a buscarlo.
- ...
- Compréndame. Dígame usted cuanta gente linda ve por la calle, cuántas personas que podrían ser su alma gemela y usted ni siquiera saluda. No puede esperar casarse con la persona con la que trabaja, o con la que estudia, o con la que van al mismo bar. El mejor amor es el más inesperado quizás. Nadie debería darse el gusto de no entablar conversación con alguien.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Amigo.

“Tengo salud para estudiar y perseguir mujeres,

¿Qué más puedo pedir?”


Pancho dixit


Sos un grande Pancho, y cuando me dijiste que aprendiste eso en el camino al colegio, volví a escuchar el timbre de las 2:43 (ó 2:48 si especulamos para agarrar la Traffic salvadora).

La verdad que en esas cuadras aprendí tanto, con el frío helado de la mañana, o con el sofocante calor de las 3 de la tarde. Hablando de lo que sea, de la vida, de la muerte, de Dios, del ser humano, de la religión, de qué hacer antes de un parcial, de mujeres por supuesto. En esas cuadras conocimos al Che, comentamos las canciones de Silvio y hasta le tiramos un pedazo de pan al Manco.

martes, 22 de septiembre de 2009

Muere lentamente - Pablo Neruda

Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito
repitiendo todos los días los mismos
trayectos,
quien no cambia de marca,
no se atreve a cambiar el color de su
vestimenta
o bien no conversa con quien no
conoce.
Muere lentamente
quien evita una pasión y su remolino
de emociones,
justamente estas que regresan el brillo
a los ojos y restauran los corazones
destrozados.
Muere lentamente
quien no gira el volante cuando esta infeliz
con su trabajo, o su amor,
quien no arriesga lo cierto ni lo incierto para ir
detrás de un sueño
quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos...
¡Vive hoy!
¡Arriesga hoy!
¡Hazlo hoy!
¡No te dejes morir lentamente!
¡NO TE IMPIDAS SER FELIZ!

Pablo Neruda.

martes, 15 de septiembre de 2009

Viaje a Rosario...

Mejor de lo que me imaginaba...

La calidad de mis sueños, se vio disminuida frente a la calidad del viaje.

Gracias por todo, Puma.

martes, 8 de septiembre de 2009

Dos monedas con la misma cara.

El último año del colegio tuve un profesor (entre otros) de esos que dejan un mensaje, que tienen algo que te marcan. Él daba clases de comunicación, la verdad que por ese entonces era la materia que menos me gustaba (cómo la disfrutaría hoy en día). Pero por suerte él era de esos profesores que te hacen gustar la materia. Y la verdad que me la hizo gustar mucho, siempre nos hizo leer cosas interesantes, pero lo que más me gustaba a mí, era cuando nos hacía escribir ensayos. Los temas sobre los cuales escribir al principio los decidía él. De la siguiente forma: supongamos que en el curso éramos 30 alumnos, él daba 15 temas, y por cada tema, a algún chico le tocaba escribir con una postura a favor, y a otro en contra. Esto realmente era muy divertido, ver como se contraponían las opiniones, como el escritor puede persuadir al lector me apasionó.

Pero otra cosa fue lo que más me llamó la atención, o lo que más me dejó pensando. ¿Se podrá utilizar esa postura como forma de vida? Sí... me refiero a la vida cotidiana. Ante cualquier situación que la vida presente ante nosotros, detenernos un segundo a pensarla, y caracterizar la mirada a favor, y la mirada en contra, la optimista y la pesimista, la buena y la mala.


La verdad que esa forma de llevar la vida cotidiana es genial, poder apreciar de todas y cada una de las situaciones de nuestra vida el lado mágico que tienen es hermoso. Les propongo que hagan la prueba, toda situación de nuestra vida tiene un lado bueno, y tiene que ser nuestro objetivo poder localizarlo y obviamente poder disfrutarlo.


Por ejemplo, la necesidad de ir, al menos una vez a la semana, al supermercado a comprar las cosas para subsistir es realmente una tarea aburrida. Pero si tomamos el ir al supermercado como un paseo, vamos tranquilos, disfrutamos viendo los nuevos productos, nos ponemos a analizar los envases, por qué no también nos reímos de alguna señora mayor que está intentando leer la letra chica de un paquete de arroz, o miramos a los nenes que siempre van acompañando a sus madres con miradas cómplices. Les juro que hay muchas cosas divertidas para hacer en un supermercado.


Así pasa con todo, a cada situación de nuestras vidas podemos encontrarle su lado positivo. Yo que ustedes, lo intento.

martes, 1 de septiembre de 2009

El reloj.

El reloj hace alusión al tiempo, y esto nos hace pensar en la gente que vive prisionera del tiempo, de los que viven ansiosos, a las personas que no saben aprovechar el tiempo y que por el contrario sobrecargan su vida de cosas, y este nunca les alcanza. Horas podríamos hablar de todos estos temas, pero otra cuestión es la que ocupa mi atención.


Enfoquémonos en los relojes, ¿Quién es capaz de poner en duda la dignidad de un reloj? Tan frágil que parece, de dimensiones tan pequeñas, esconde en sus adentros, la mayor fidelidad que un ser puede tener. Basta con darle una ayuda, y cada tanto ponerle una pila nueva, y el se encargará de contarnos todos los segundos que nos toquen transitar. Será un compañero que estará con nosotros en las buenas y en las malas. Cuando más lo necesitemos estará disponible, con el dato certero de cuántos minutos de nuestro día han pasado. ¿Aún duda de los relojes? Haga la prueba, póngase un día usted en papel de un reloj y cuente todos los segundos del día. Sólo ahí verá la difícil labor que mantienen los relojes todos los días. Incluso cuando nosotros, faltándole el respeto no le prestamos atención, o incluso lo olvidamos dentro de algún coqueto estuche. Pero es ahí donde el reloj más puede lucir su dignidad. Por más que nosotros estemos bañándonos, viendo una película, manteniendo relaciones sexuales con nuestra persona amada, y hasta incluso cuando dormimos, el reloj está haciendo su trabajo. Dándonos a cada segundo la hora exacta. Sabe que a nosotros no nos importa, sabe que estamos preocupados en otra cosa, pero el sabe cuál es su trabajo, y créame que saben hacer su trabajo como nadie. Con lo fácil y lo tentadoras que son las distracciones, cerrar los ojos por unos instantes, pensar en nuestras vacaciones (que a ellos obviamente no les damos), abrirle la tranquera a los pensamientos y poner nuestra cabeza en Marte. Todo eso lo tienen prohibido, no por nosotros, ellos mismos se lo prohíben.


Todo esto es entendible, no es lo más común, pero es al menos esperable. Pero hay algo, que sólo en ellos se encuentra. Cuando su pila se acaba y no se la cambiamos, ahí queda evidenciado nuestro abandono. Cuando es seguro ya que nosotros dejamos de prestarle atención, ellos en el acto más digno que jamás haya visto el hombre, con una fuerza que jamás sabremos de dónde proviene, con los ojos llorosos producto del tremendo esfuerzo que están haciendo, nos dan dos veces al día la hora exacta. Saben que no los estamos mirando, pero no les importa. Sin duda, seres dignísimos.


Yo por mi parte, les presento al mío.

sábado, 29 de agosto de 2009

Textual.

"Quiero una carpeta como esta
pero tamaño oficio, no sé si existen,
pero la quiero igual."
Un cliente en la librería.

domingo, 23 de agosto de 2009

Papá...

Más de una vez me puse a pensar en por qué el mundo está como está. En ese vaivén de pensamientos, intenté imaginarme una sociedad en la que todos tengamos un buen padre, con todo lo que eso implica, por supuesto. Un padre que sea capaz de inculcarnos los valores que necesitamos, los principios, que nos enseñe, que nos guíe, que sea capaz también de dejarnos solos a veces, que sea capaz de ver como nos caemos (todos tenemos que golpearnos por nosotros mismos). Un padre que nos cuente su vida, su historia, que nos cuente sus orígenes, que son también los nuestros. Un padre que nos enorgullezca, que sea digno de ser tomado como ejemplo. Que tengamos un padre al que nos guste parecernos, que intentemos parecernos a él.

Me fue inevitable pensar en cómo sería la sociedad si todos tuviéramos un padre como el que yo tuve. Si todos los chicos, cuando le dicen que se parecen a su padre, sonrieran con orgullo, como yo sonrío, cuando me dicen que me parezco a él.

Estoy seguro de todo eso porque sé que soy lo que soy por el padre que tengo, y es por eso también, que aún hoy, con mis largas piernas y mi floreciente barba me siento en la parrilla trasera de su bicicleta, me agarro fuerte de su cintura, y le digo en voz baja, que vayamos muy fuerte y que pasemos muchos, mucho autos.

jueves, 20 de agosto de 2009

Siete eran las bestias

El momento había llegado, de una vez por todas me encontraba frente a aquellos monstruos que tantas veces soñé enfrentar. De forma repentina aparecieron en mi camino. Eran siete en total, se mostraban imponentes, temerosos, ostentaban sus mejores y más poderosas armas sin ningún pudor. Tuve miedo, pero sabía que ya era tarde para volver atrás, había hecho un gran esfuerzo para ese momento. La preparación no había sido poca, pero jamás suficiente, frente a semejantes fieras ninguna destreza aseguraba nada.

Parados en fila estaban esperándome, inexpresivos frente a mi avance. Mi mano derecha desenvainó la espada ni bien los ví, la izquierda sostenía el escudo que comenzaba a cubrir mi cuerpo. Me detuve a cierta distancia, los miré a los ojos. Se los notaba confiados, sabido era que tenían todas las de ganar. Juraron lealtad: sólo atacarían de a uno, y me dejarían abandonar cada batalla cuando yo desee.

Cerré mis ojos, tomé una bocanada de aire, e inmediatamente comencé a caminar con paso acelerado hacia uno de ellos. Quise empezar con alguno débil. Ni bien supo que era él con quién yo quería pelear, abandonó su posición y me enfrentó. Yo aún estaba tenso, la conmoción limitaba mis movimientos. Había elegido bien, casi sin dificultades pude derrotarlo. En su apresurado paso olvidó cubrir su costado derecho, y ahí penetró mi espada. Quedó tendido en el piso, y ví como se enfurecieron sus compañeros. Lejos de esto aumentar mi miedo, sus miradas me llenaron de valor. Ya estaba en la lucha, ya era tarde para cualquier otra cosa, era la victoria o la muerte. Di media vuelta y quedé en frente a ellos, señalé con mi espada ensangrentada al siguiente. Eran hermanos, pertenecían al mismo grupo. Era quizás el que menos me asustó en un comienzo, quizá su físico al no ser tan ostentoso como el de sus compañeros no generaba tanto miedo. Confiado lo enfrenté, pero me derrotó inmediatamente, su destreza, la rapidez de sus movimientos, su extrema precisión fueron demasiado para mí. Quedé herido, debo confesarles que me sentí humillado. Un río de sangre corría por mi brazo izquierdo, y mi pierna derecha casi no podía sostenerme.

Era el momento de tomar una decisión, o abandonaba y me dejaba matar por él, o sacaba fuerzas y enfrentaba a los otros. Elegí la segunda, convencido corrí inmediatamente hacia la próxima bestia, en mi arduo entrenamiento había luchado contra éste tipo de seres. En un movimiento certero penetré con mi espada sobre su pecho. Murió en el acto, ni siquiera pudo darme batalla, pero sabía que no había tiempo para distracciones. Señalando el cuerpo de la bestia que estaba tirado en el piso, llamé al próximo. Confiaba en que mi anterior victoria intimidaría a mi enemigo, y así fue. Se acercó dubitativo, todavía preguntándose cómo yo había podido generar tanto desastre en las batallas anteriores. Me aproveché de su miedo, y sin dejar pasar más tiempo, empecé yo también a acercarme a él. Mis pasos eran seguros, con fuerza agarré la lanza que llevaba en mi espalda, le apunté sin dejar de caminar y con un tiro preciso me olvidé de él. Mi espíritu estaba alborotado, ya no recordaba las secuelas de las batallas anteriores, y estaba dispuesto a arrasar en las próximas batallas.

Señalé al quinto para que se acerque a pelear. Ni bien dio el primer paso supe de sus capacidades. Tenía armas que jamás había visto, no sabía como atacarlo, y lo que es aún peor es que tampoco sabía como defenderme. Y así fueron las cosas, en tres movimientos estuvo a punto de darme la muerte. Pude salvarme, abandoné esa batalla, mis energías estaban disminuidas, y cada vez sería más difícil luchar contra semejante bestia, sobre todo si se tenía en cuenta que él no había mostrado ninguna señal de cansancio. El sexto parecía accesible, a pesar de mi estado calamitoso estaba confiado en las pocas capacidades de mi enemigo, luché, creí haberle ganado, pero fue el quién me apabulló. Tenía un arma oculta, imposible de ver, pero dolorosa, que me atravesó de punta a punta. En ese momento ya no daba para más, sólo quería dejar todo e irme, huir, abandonar, pero algo en mi interior me obligó a que me quede. Arrastrando mi espada por el suelo, me acerqué hacía la última de las bestias. Mis piernas temblaban como jamás las había sentido temblar, mi corazón se aceleraba, la vista se me nubló, ya no sabía a dónde iba. Las heridas de mi cuerpo cada vez sangraban más, se hizo insoportable, no estaba en condiciones de seguir caminando. Casi sin pensarlo arrojé la espada con esas fuerzas que ni uno sabe de dónde salen, el disparo salió bien dirigido, y penetró el corazón de la última bestia. Murió en el acto. Apenas pude esbozar una sonrisa, mis fuerzas no me permitían otra cosa.

En ese momento pensé volver a luchar contra alguno de los que no había podido derrotar, pero mi espíritu no daba para más, lo había llevado hasta el extremo. Ni siquiera tenía fuerzas para caminar. No pude seguir con eso, juro que quería hacer algo, intentar aunque sea. Pero mis fuerzas ya estaban agotadas. Así que me levanté y entregué el examen. Fue un cinco, ¡aprobé!, análisis matemático es más difícil de lo que pensaba, pero la sensación de aprobarlo es inefable.

domingo, 16 de agosto de 2009

Carta de Hugo Chavez al Rey de España.

Señor rey Juan Carlos de Borbón:

Quiero recordarle, señor rey de España, que aquí en estas tierras llamadas las Indias Occidentales por los primeros invasores, hubo hace poco una espantosa, cruel y fierísima guerra contra ustedes y precisamente para desconocer su corona, su voz, su mandato. Fue una guerra reciente y aún estamos pagando sus horribles consecuencias. De modo que no pensábamos más, en estas tierras, tener que darle cuentas a usted de nada de lo que hacemos en estas regiones. No tenemos aquí reyes en América, y nuestro Libertador Simón Bolívar despreció en todo momento ese título, además de desconceptuar y echar al desprecio a quienes quisieron convertirlo en monarca.

Somos libres, republicanos y socialistas, señor rey, y el único soberano entre nosotros es el pueblo. En verdad que hemos venido luchando desde hace siglos para no tener nunca más entre nosotros una voz despótica y agresiva como la que usted usó en la última Cumbre Iberoamericana, en Chile. Usted, además de no ser verdaderamente miembro de esta comunidad, por no ser elegido por pueblo alguno, debe también recordar que aquí ya no existen vasallos suyos. Yo, señor rey, provengo de aquellos que indios y negros que sufrieron los destrozos de los demonios voraces que aquí enviaban sus ascendientes. Y aún viven en mí, sus ayes, sus dolores, sus temblores de ira y el deseo de vengar tantas atroces matanzas y afrentas. Usted, señor rey debe recordar esto en cada instante, a aquellos demonios a los que se les abrió un apetito de muerte sin límite ni medida, y acabaron con nuestros indígenas y llenaron de pestes, odios, maldades y esclavitud por más de 300 años estas tierras. Señor, ¡qué categoría de fieras aquéllas!, ¡qué joyas de tan elevados pedigrí!, que en pocos años había suficiente crímenes y desastres entre nosotros como para dejar pálidos a cuantos cometieron juntos Atila, Caligula, Nerón, Hitler o Franco.

No tenía usted por qué estar allí, entre nosotros en esa Cumbre, quienes sufrimos el holocausto de las monstruosas acciones de sus tatarabuelos. Entienda señor rey que nada aportaron ustedes a la causa humanitaria de nuestros pueblos. Nos dejaron durante siglos sin educación, sin justicia, sin instituciones, sin disciplina, sin sentido de hermandad ni valores humanos de ningún tipo. Lo que quedó aquí fue un grito horrible que usted ha revivido en Chile y que nos llega hasta más allá de los tuétanos: “¡A callar, a callar, a callar!”

¡Ay, rey, que poco sabes del dolor que hay en nosotros! Un dolor que cubre todo el tiempo de la humanidad. Señor rey, usted se ha expresado como lo que es y han sido todos tus parientes. Sólo le voy a poner aquí, digno monarca de sus antepasados, unas palabras de Bolívar para que las enmarques y las lea todos los días, y para que también se las envíe a su querido José María Aznar: “Un continente separado de la España por mares inmensos, más poblado y más rico que ella, sometido tres siglos a una dependencia degradante y tiránica… Tres siglos gimió la América bajo esta tiranía, la más dura que ha afligido a la especie humana… El español feroz, vomitado sobre las costas de Colombia, para convertir la porción más bella de la naturaleza en un vasto y odioso imperio de crueldad y rapiña… Señaló su entrada en este el Nuevo Mundo con la muerte y la desolación: hizo desaparecer de la tierra su casta primitiva; y cuando su saña rabiosa no halló más seres que destruir, se volvió contra los propios hijos que tenía en el suelo que había usurpado.”

Un hombre, señor rey, que escriba así, es porque lleva sangre india y negra en sus venas.

El indio Bolívar, en negro Bolívar, el mulato Bolívar, ese es el que cada venezolano lleva hoy en su sangre, en sus nervios, en su corazón.

Larga paciencia hemos aguardado esperando este momento de hoy en el que somos libres, y gracias a Dios no tenemos que entregarle cuenta a ningún soberano extranjero, y España nos importa menos que un comino. Allá ustedes que siguen sometidos a vírgenes de siete puñales, a los toros, al fútbol, a los cantantes espantosamente sifrinos y a los cotilleos de las revistas del corazón. Que les aproveche, pero aquí nunca nadie jamás callará, señor rey.

Ya debe saber, pues, señor rey, por qué no me callo ni nadie podrá callarnos, que hemos venido a decir nuestras verdades que son las mismas que Bolívar proclamara hace unos ciento noventa años. Que esa misma imprecación suya fue la que se impuso el día del golpe del 2002, cuando todos los medios poderosos (que también son suyos) que le aman y le veneran con pasión pesetera, pretendieron acallar la voz del pueblo. Ya aquí no hay Cristo que nos pueda hacer callar.

Aquí, señor rey, a lo único que veneramos es la libertad del pueblo. No obedecemos a aristocracia alguna sino al talento creador, al amor y a la igualdad. Si no se excusa ni pide perdón a la ofensa hecha a la majestad de lo que el pueblo en tres elecciones ha ratificado, habrá usted sencillamente hecho honor a la soberbia que tanto caracteriza a los monarcas que cada cincuenta años sumergen a España en horribles guerras fraticidas. Ya hemos dicho en este caso lo que teníamos que decir.



Sin otro particular,



Hugo Chávez Frías

Presidente de la República Bolivariana de Venezuela

lunes, 27 de julio de 2009

Confesiones de un ateo

Todos en un momento determinado de nuestras vidas empezamos a preguntarnos cosas, a cuestionarnos todas las verdades que nos impusieron como tales en nuestra infancia, queremos saber el porqué, de dónde surgió. Ya no nos conformamos con lo que nos delegaron nuestros padres y empezamos a buscar nuestras verdades, a formar nuestras ideas, empezamos a analizar las cosas, a sacar nuestras conclusiones, empezamos, por fin, a pensar por nosotros mismos. Ya no sólo heredamos las ideas sino que también somos nosotros capaces de crearlas. No son momentos fáciles, al contrario, estamos preocupados, no podemos concentrarnos prácticamente en ninguna otra cosa, nos hacen obsesivos por momentos. Quien quiera las cosas fáciles, que jamás se aventure a pensar. Son polos opuestos, pero que no se atraen en lo más mínimo.

En nuestra floreciente percepción de la realidad empezamos a darnos cuenta de la desgracia y la crueldad que exhibe el mundo. Sin pudor nos muestra su cara más atroz y a nosotros nos golpea en el alma. Por otro lado nos dicen que existe Dios, que él creó el mundo, que nos creó a nosotros, que es perfecto (lo único perfecto es él), que está en todos lados, que todo lo sabe, que todo lo ve, y que todo lo puede. Es en ese momento cuando nos ponemos alertas y cuando nos damos cuenta de la incompatibilidad de esas dos verdades. Es en ese preciso momento donde empezamos a dudar de Dios, cuando lo despojamos de su invulnerabilidad, y lo ponemos frente a la miseria del hombre, frente al niño desnutrido, y no escuchamos respuesta alguna. ¿Dónde está Dios nos preguntamos? Y el mundo se calla ante nosotros, desvía su mirada ignorándonos. Salimos en su búsqueda, ¿Cómo puede ser que no lo encontremos, si él está en todas partes? Caminamos incansablemente buscándolo, hasta en el rincón más inhóspito revisamos con esperanza. Pero la otra verdad siempre fue tan evidente (y tan triste) que yo no aguanté más.

¿Cómo puede ser que el día en que yo nací otros se morían de hambre? ¿Dónde estaba Dios cuando esos nenes se morían? ¿Qué estaba mirando? No... Dios no puede existir, ningún ser perfecto puede haber creado algo tan imperfecto. ¿Cómo puede ser que miles de personas tengan que andar descalzas para que algunos se puedan comprar una Ferrari? Si realmente Dios existe y creó todo esto, si hay alguien o algo en el universo capaz de cambiar las cosas y no hace nada, no sólo no es digno de mi adoración, sino que se gana el más profundo de mis odios. Hasta el hartazgo me preguntan: “¿Cómo no vas a creer en Dios vos, siendo que él te dio todas las posibilidades, una familia, una educación, y todo lo que una persona puede pedir?”, y siempre respondo lo mismo, que justamente por eso no creo, porque no puedo concebir la idea de que Dios me dio a mi algo que a otros les sacó. Es un error demasiado grande, y más aún para un ser perfecto.

Creer en Dios es un facilismo, es el consuelo que nos queda frente a la miseria que nos abruma. No querer ver lo trágico de la muerte de un niño desnutrido, y consolarnos queriendo creer que él se irá al cielo y que en la eternidad podrá tener la vida que siempre quiso es mentirse. Obvio que esto le dará cierta tranquilidad, una mayor estabilidad emocional, pero a un precio demasiado alto, y yo, de ninguna manera estoy dispuesto a pagarlo. Esa fe embaucadora, esa forma de dejar todo librado a las acciones de Dios es muy cómodo. ¿Qué puedo hacer yo, si Dios tiene la batuta del mundo? Y con esa pregunta se liberan de toda responsabilidad. Es ahí cuando algunos asumimos lo que otros no se animan a ver, y comprendemos que Dios no está, que Dios no ve. Y es ahí donde tratamos de asumir responsabilidades, donde no estamos ajenos a la miseria del mundo. Y ahora es todo más difícil, claro que sí. Ya no estamos guiados por Dios, ya no hace nada él por nosotros, sino que nosotros hacemos nuestro camino. Les aseguro que sentirse mínimamente culpable cuando muere un chico de hambre, asumir esa mínima responsabilidad, es difícil, es angustiante, el nudo en la garganta que se nos forma no se desanuda jamás. Buscar una solución para esto, buscar qué hacer, en qué contribuir para combatir eso, en qué podemos ayudar, no es fácil, les aseguro que no.

Quién tenga la posibilidad de creer en Dios que no la desaproveche, así vivirá tranquilo, despojado de toda responsabilidad, libre de toda culpa, los gritos de ayuda que se escuchan en la calle de ninguna manera son para él. Pero estamos los que no podemos ni queremos creer en Dios. Y vivimos intranquilos, nos sentimos responsables y hasta culpables, y los gritos de ayuda nos aturden de día y de noche. Hay algo dentro de nosotros que no nos permite otra cosa, y con eso tratamos de sobrevivir.

Cuando me preguntan en qué creo, respondo en el hombre. En el hombre común, que sólo puede estar en un solo lado a la vez, que no puede ver más que lo que sus ojos le muestran, pero que siente y que hace, que da batalla, que no se rinde, que asume su rol, que señala la injusticia y que la combate. En eso sí que creo, en la persona que vive al lado de tu casa, y en la que vive al lado de la mía. Seguro estoy que la única solución a esta miseria humana, está en la humanidad, en el hombre humanizado. Mi dirás que la sociedad está podrida, y quizás tengas razón, no lo sé, realmente no lo sé, pero no lo quiero creer, no lo voy a creer jamás. Necio me dirás y quizás de nuevo tengas razón, pero no me importa, no me doy por satisfecho creyendo en otra cosa. Es el camino más difícil, pero el único viable. Debemos unirnos, la humanidad entera todo lo puede lograr, pero lamentablemente, en ésta lucha estamos solos.

Para finalizar, cito al maestro Atahualpa Yupanqui: “No tengo cuentas con Dios, mis cuentas son con los hombres”

domingo, 19 de julio de 2009

El hombre puede amar...

Dicen que lo que diferencia al hombre del resto de los animales, es que nosotros somos seres racionales, tenemos uso de razón, mientras que el resto de los animales sólo actúa por instinto. Si bien esa es una diferencia, no es la principal. Lo que realmente nos diferencia es nuestra capacidad de perder todo tipo de razón cuando nos enamoramos. Nuestra principal (y mejor) cualidad, es la capacidad para enamorarnos y para amar.