El parque Rivadavia en un día soleado de las vacaciones de invierno presenta una cara poblada y alegre. La gente que está trabajando, con su paso acelerado apuran el ritmo en sus caminos. Los jubilados, habitué por esos lados, controlan con su tierna mirada todo el parque. Pareciera que estuviésemos en otro mundo, lejos de los colectivos que ruidosos pasan por la Av. Rivadavia.Entre los ancianos y los trabajadores nos encontramos con todo tipo de personas en diferentes situaciones. Las parejas, siempre presentes en esos lados que desabrigados combaten la brisa entre besos y abrazos, los amigos que entre risas y cargadas hacen girar un mate.
Pero ninguna imagen me quedó tan grabada como aquellas de los cientos de chicos que había peloteando, de a dos, de a tres, haciéndose pases y corriendo el fútbol por el parque. No pude contener el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando los ví. Yo que desde que llegué a la gran ciudad fui un abonado a ese tipo de prácticas. Días enteros jugando y peloteando, con mi padre primero y con mis amigos después, y hoy paso entre ellos ignorado. Ya no me sentí uno de ellos, me sentí extraño, ajeno. Fue mientras atravesaba el parque que escuché a una madre gritar: “Vení Gonza, acá hay dos chicos para jugar”, no pude más que responder con voz nostálgica y a propósito inoible: “acá hay otro”.
P.D.: Quedo a la espera de una invitación para ir a la plaza a jugar a la pelota.

